Los cuentos de papá

Es domingo, el frio lojano disiente con el calor que se siente en la sala. La luz amarilla contrasta con el cielo gris que se observa por la ventana. En un comedor de ocho sillas, él está a la cabecera y, alrededor, sus tres hijas, sentadas conforme a la edad de nacimiento. Las niñas – la mayor de once años, la siguiente de cinco y la más pequeña de tres- lo miran con atención mientras la madre apoya sobre la mesa, frente a él, un jarro  negro, desde el cual se percibe el indiscutible aroma a café.

Ese él lleva por nombre: hombre de combate. Nació por allá, en los sesenta. Luce la camiseta blanca propia de los domingos y de ella sobresale una panza que parece almohada. Sobre su nariz reposan un par de lentes. Lleva el mismo peinado de raya a un lado que ha llevado toda su vida. Ese él creció sin padres y sólo hay dos fotografías de su niñez. Marco es ese él.

Las tres niñas observan a su héroe. Ninguna de ellas entiende aún el significado de la perseverancia, tampoco guardan grandes recuerdos ni se imaginan sin la compañía y el cuidado de sus padres. Para ellas, su padre siempre estará allí.

– Cuando éramos pequeños jugábamos al circo

– ¿Al circo?

La pregunta de la hermana mayor despierta aquellos recuerdos que reposan en la memoria de su papá,  cuando él tenía cinco años. Marco sonríe. Mientras tanto las dos pequeñas asientan los codos sobre la mesa. A su derecha, la mayor demanda respuesta con sus ojos.

En el sesenta y ocho, Marco, su hermano y sus primos presentaban una función. El espectáculo, cuyo público eran los niños del barrio donde Marco vivía, requería su respectivo ensayo o más bien unas horas de jugar antes de la gran función, la cual tenía por escenario el gran patio central de la casa. Cada uno preparaba su acto. Algunas -las primas- bailaban, otros demostraban sus habilidades para mantener el equilibrio, el más grande y fortachón se encargaba de permitir el paso solo a los niños que pagaban su entrada, y a Marco por ser el menor, el más flaco y bajo, lo delegaron a las acrobacias junto con un primo mayor.

– Carlos Iván se acostaba en el piso y sostenía una silla. Yo me tenía que subir a la silla. Esa era la acrobacia.

Por desgracia para el pequeño acróbata, en uno de los ensayos, la gravedad le jugó una mala pasada. La silla, con Marco encima, cayó en la nariz de Carlos Iván.

– Cuando vi sangre, corrí.

Las niñas ríen. Se imaginan a su héroe escapando del futuro castigo. Marco toma un sorbo de café.

– Corrí hacia el parque Bolívar, antes no era un parque sino un cementerio de carros. Me escondí…

– ¿Y qué pasó? –pregunta la segunda hermana-

– Llegó el hermano de Carlos  y me encontró. Me llevó casi a rastras hacia la casa. Me iba a acusar con la Mamita Hortensia.

Las niñas lo miran con asombro. La segunda, frunce el ceño y niega con la cabeza.

La abuela de Marco, a quien siempre llamó: Mamita Hortensia, acostumbraba a brindarles una tacita de café antes de sacar del bolsillo de su delantal un látigo enroscado que servía de herramienta para el castigo.

– Mi mamita Hortensia me llamaba para el café y yo le decía que no quería, que ya había tomado.

– Y, ¿lo pegaron?

– No. Carlos  le explicó a mi mamita Hortensia que yo no tenía la culpa.

Luego de escuchar la respuesta, la segunda hermana respira aliviada. La hermana más pequeña mira, algo pérdida, a su alrededor, la mayor observa la lluvia a través de la ventana. Las tres niñas quieren otro cuento de papá. Marco observa el fondo de su jarro mientras lo mueve en señal de que no hay nada en él. La luz amarilla se vuelve algo tenue. Desde la cocina, se escucha la voz de la madre.

– ¿Alguien quiere más café?

***

– Papi, ¿quién le contó lo de mis abues?

– “Hija, no me acuerdo”

Marco no recuerda cuándo o cómo le dijeron que sus padres murieron. Sabe que cuando tenía tres meses de nacido, Luis, su padre, murió de cáncer de estómago. Nueve meses más tarde, su madre, Violeta, lo vio por última vez jugando en el patio antes de ir al hospital. Los tíos de Marco, por parte de su papá, al enterarse que los niños quedaron huérfanos decidieron repartírselos como si fueran premios en un juego de azar. El objetivo, tratar a sus sobrinos como sirvientes más que parientes. La Mamita Hortensia, no lo permitió. Marco y sus hermanos mayores, Violeta y Ricardo, se quedaron en casa de su abuela materna.

– Siempre fuimos los “pobrecitos”, los “huerfanitos”. No teníamos ropa nueva, nos daban la de nuestros primos. Ellos sí tenían papás que se la compraran.

Al parecer, la muerte fue la “mejor amiga” de Marco durante su infancia. Luego de sus padres, cuando tenía seis años, la Mamita Hortensia se fue.

– Me acuerdo que en la escuela nos daban diplomas por buenas calificaciones. Creo que estaba en primer año cuando fui el que mejor calificaciones sacó en el curso. Cuando salí de clases me llevaron al hospital donde estaba la Mamita Hortensia. Solo recuerdo que me subieron a la cama y yo le enseñaba orgulloso mi diploma. Ella me dijo: “Mijito, ya voy a levantarme para ponerle un marco a ese diploma”… Nunca más se levantó.

– ¿Cómo le dijeron que la Mamita Hortensia murió?

– En realidad nunca me lo dijeron.

– ¿Lo dio por hecho?

– Creo que sí, después de no verla por mucho tiempo. Yo dormía en el mismo cuarto con ella. Había una cortina que dividía nuestro cuarto de la sala donde mis tías cosían, tenían esas mesas altas que utilizan para la costura…

Sucede que al escuchar sollozos, Marco, quien dormía plácidamente, despertó. Y al igual que Clara, en la Casa de los Espíritus de Isabel Allende, Marco decidió espiar.

– Moví un poquito la cortina y la vi.

Clara vio a su hermana sobre el mesón de la cocina, Marco vio a su abuela sobre la mesa de costura.

– Me dijeron que no haga bulla, que la Mamita Hortensia estaba dormida.

Al parecer la suerte nunca estuvo del lado de Marco…

365 días después de la muerte de su abuela; Marco y su primo menor, César Vinicio, con cartones se deslizaban por unas escalinatas en construcción en una de las calles de la pequeña Loja. Ese mismo día, en las principales avenidas de la ciudad se desarrollaba una carrera de autos.

– César Vinicio se cansó de jugar y quería ir a la carrera. Así que fuimos.

Marco y César Vinicio miraban atentos y emocionados la carrera. Marco lo sostenía de la mano. Alguien gritó.

– No sé que pasó. Cuando escuché gritos regresé a ver y César Vinicio no estaba. Lo empecé a buscar entre la gente, pensé que había regresado a donde estábamos jugando antes…

Un veloz automotor pasó cerca de ellos y arrebató de la mano de Marco a César Vinicio, quien murió al instante. Tenía cinco años.

– Lo buscaba y no lo encontraba, así que volví a la casa llorando. Como vivíamos cerca de donde fue la carrera, cuando llegué ellos ya se habían enterado. Yo no tenía idea, no sé cómo si lo tenía de la mano.

Los ojos de Marco se vuelven tristes, su faz cambia por completo. Tal vez recuerda el momento en el que alguien le dijo que la muerte de César Vinicio era su culpa. Nadie le dio consuelo, ni siquiera Consuelito, su tía, quien tomó el lugar de la Mamita Hortensia, y lo cuidó como un hijo. Desde ese momento, Marco evita hablar del tema.

– Hay cosas de las que no me acuerdo.

Y, aunque después de César Vinicio no hubo más víctimas la muerte siguió haciendo de las suyas. De por sí, el Día de la Madre y  el Día del Padre no eran fechas de agrado para Marco, pese a esto, en la escuela, ni sus maestros ni sus compañeros facilitaban el asunto.

Todos los años, Marco debía elaborar un regalo para los padres que no tenía. Como era un buen alumno, Marco se esmeraba en su labor pero los niños de la escuela no hacían más que molestarlo.

– Me decían: “¿para qué lo haces si no tienes papás?”. Yo no les respondía, pero tenían razón.

Marco esperaba llegar a casa para dar el regalo a Consuelito, pero la maestra, para seguir el protocolo, hacía que los alumnos, en un acto escolar, entreguen a sus padres la tarjeta, probablemente mal coloreada, con la típica frase “Feliz Día Mamá” o “Papá” –dependiendo de la fecha- , Consuelito no asistia y – como es de esperarse- en el acto de la escuela, Marco solo veía como los demás podían abrazar a sus papás. Él no era más que el niño que no tenía papás.

Desde aquella escena Marco ha vivido cientos de aventuras de niño…

– Me acuerdo cuando íbamos a Mochata (Piñas). Como no había transporte nos tocaba caminar por la noche. Había neblina y caminar entre ella, con botas, era lo más parecido a una aventura.

… Y ha jugado a ser adulto desde muy pequeño.

– Creo que empecé a trabajar a los diez. Ayudaba en una papelería.

Después de su primer trabajo. Marco ayudaba a uno de sus vecinos con los granos de café que se extendían en el patio para que se sequen con el sol.

– Tenía que pasar un palito entre los granos y moverlos. Para mi era un juego estar toda la tarde haciendo eso.

En su último año de colegio empezó a trabajar como conserje en la Universidad Nacional de Loja. Marco distribuía su tiempo entre la jornada laboral y estudiantil. Una vez bachiller ingresó a la misma universidad para la que trabajaba y estudió Contabilidad y Auditoria, se graduó por aclamación y pasó – en vuelta de diez años- de ser conserje a ser auditor general de la universidad. Ahora en su hoja de vida, con orgullo, su trabajo como conserje y auditor se inscriben dentro de su campo laboral.

Y es que en la universidad no solo estudió y trabajó, sino que también conoció a su esposa y madre de sus hijas: Lidia.

– Mi tío solo le daba permiso de ir de fiesta a mi prima si iba conmigo. Tu mamá – se dirige a una de sus hijas- era amiga de mi prima y en una fiesta la conocí.

Dos años después de esa fiesta, Marco contraía nupcias en una pequeña iglesia de un minúsculo pueblo llamado “Las Juntas” , ubicado en la vía antigua Loja- Saraguro. En ese lugar una de sus tías tenía una tienda en la que él ayudaba los fines de semana.

– Todos los de “Las Juntas” se venían a casar en Loja teniendo una iglesia ahí. Así que nosotros nos casamos ahí para enseñarles a apreciar lo que tienen. Fuimos el primer matrimonio en celebrarse en esa iglesia.

Su matrimonio fue un 1 de Mayo de 1993. Escogieron esa fecha porque era el único día en que tenían vacaciones. Cuando llegó el momento de la boda, el sacerdote, quien nunca había celebrado un matrimonio en ese lugar, había olvidado el evento, así que, la misma noche, tuvieron que buscar un sacerdote disponible.

Una vez conseguido el sacerdote, casi por dos horas, el sector quedó sin energía eléctrica, así que los novios impacientes, el cura algo adormilado y los invitados curiosos debieron esperar hasta que se restablezca la energía, cosa que sucedió cerca de la medianoche.

Un año más tarde, del magno evento, Marco celebraba por primera vez la dicha de ser padre. Seis años más tarde lo haría por segunda vez y dos años después, por tercera.

Marco forjó sus cuentos solo y, como buen lojano, ha bebido varias tazas de café.

***

Hoy, luego de una década desde la escena del comedor, habla con su hija mayor, la niña que abrió la caja de recuerdos de papá. Ella está lejos de su hogar, sin embargo la tecnología le permite comunicarse mediante video-llamada con su héroe. Marco luce como aquel domingo, solo que ahora tiene ojeras, una que otra cana en su cabello castaño, tiene menos panza y porta una camiseta crema –la que compró en el viaje a Estados Unidos, hace seis años-. En está ocasión, Marco le cuenta cómo se enteró de la existencia de los Village People, una banda de disco de los setenta que se convirtió en el entretenimiento de él y sus amigos “Los Power”.

– Darío era de una familia que tenía plata. En su casa tenían televisión. Puede que los vi allí o tal vez Ramiro nos habló de los Village People. Él era el loco de la música (…) Nos gustaba aprender las coreografías de ellos.

– ¿Quiénes eran sus amigos?

– Uno era Ramiro, había otro al que le decíamos “cuñado”, también estaba el “coludo”, un amigo del “coludo” y Darío (suspira), se fue a Estados Unidos, no sé de él ya años.

La hija mayor, que observa a su padre por la pantalla, ingresa a Facebook y busca a Darío, copia un link y se lo envía a su padre.

– Le envíe un link, ¿es él?

Marco observa con atención la pantalla y una sonrisa se dibuja en su rostro.

– Sí, es él.

La hija mira con ternura a su padre, intenta que él, el hombre que hizo que nunca le falte nada, que la lleno de amor y le contó los cuentos de papá, no note que sus ojos se han llenado de lágrimas.

Mientras su hija mayor esconde sus lágrimas, Marco observa a la pantalla, como si se reencontrara con su amigo en persona, sonríe y dice: “qué bestia, ya está viejo el indio”.

 

Anuncios

¿Qué opinas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s